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DATA NACIONAL. KARMAS POLÍTICOS, PACTO SOCIAL Y SITUACIÓN ECONÓMICA
Tres lecturas de la realidad política argentina que abarcan todos los matices de la actualidad, resumidas aquí.
Macri y su Karma
… Mauricio Macri empieza a sentirse incomprendido. Temprano para sus apenas diez meses de poder. Se molestó por la mirada descreída que acompañó, incluso dentro de Cambiemos, la pelea de Susana Malcorra para obtener la Secretaría General de la ONU. Dante Caputo, por ejemplo, la responsabilizó de descuidar el timón de las relaciones exteriores. Llegó a la irritación cuando la canciller fue superada en votos por el portugués Antonio Guterres y sobrevoló la etiqueta de un fracaso. Para el Presidente, la sola posibilidad de aquella disputa habría servido para posicionar a la Argentina en un escenario en el cual estuvo ausente durante la década kirchnerista.
A Macri tampoco le caen bien las menciones al ajuste económico. Provengan de la oposición o del periodismo. Menos todavía que lo asocien a un dirigente de la derecha clásica o subrayen su insensibilidad social.
Esta situación, mechada con otros sinsabores de la realidad, indujo a Macri el último martes a una explosión ocurrente. Sucedió durante su encuentro con la mesa política del Gobierno. Lo disparó con humor sin ocultar, sin embargo, que detrás de ese buen ánimo habría cierto convencimiento. “Hay gente que cree que soy un hijo de puta, Y otra gente que cree que soy un boludo. ¿Qué raro, no? Parezco condenado a tener que convivir con ese karma”, lamentó.
El Presidente percibe, por la situación social y el horizonte electoral del año que viene, que no habría más margen para el ajuste. De allí que el secretario de Finanzas, Luis Caputo, haya estado la semana pasada rastreando endeudamientos en centros financieros internacionales. Las cifras también hablan: el Gobierno tomó deuda estos meses en el exterior por US$ 22 mil millones. Aún un porcentaje razonable referido al PBI.
El pacto social nace a desgano
….Para Macri es también una decisión complicada. No puede aceptar tan rápidamente los pedidos gremiales si se propone cierta racionalidad fiscal, pero tampoco rechazarlos hasta el punto de reflotar el paro que cree haber desactivado. Estas contemplaciones llevaron al Gobierno a anunciar, apenas terminada aquella reunión en el Ministerio de Trabajo, que haría una convocatoria a todos los sectores a un acuerdo social en un plazo de diez días. Es una urgencia local, pero se suma en realidad a otra de orden internacional: fue un pedido expreso que hizo el papa Francisco, con quien Macri prevé reunirse el sábado próximo en el Vaticano. El Presidente le oyó ese consejo a Bergoglio en julio, durante una larga y distendida conversación telefónica.
Más allá de las buenas intenciones de ambos por mejorar la relación, de las gestiones episcopales por tender puentes con la CGT y de que varios ministros se han mostrado dispuestos a colaborar, la propuesta viene hasta ahora bastante demorada. Adrián Kaufmann, presidente de la de la Unión Industrial Argentina, sacó esa conclusión el martes en la reunión de comité directivo de la entidad: no hay hasta ahora ninguna señal al respecto, ni para el bono ni para el acuerdo, planteó ante sus compañeros. Ese será, si se concreta, el costado más áspero de la mesa: persisten viejos reproches mutuos entre las corporaciones y un presidente que, al contrario de lo que podría pensarse de un heredero, no se siente tan cómodo entre los pares de su padre industrial. Es una sensación que transmiten los empresarios que lo visitan. Se entiende entonces que en el Ministerio de la Producción hayan decidido mejorar los vínculos con el establishment, al que pretenden convencer de lo más difícil aquí: habrá que competir.
Pero la idea bergogliana de la convocatoria es más social o política que económica. La propuesta falla en realidad no sólo desde la disidencia ideológica: a veces el Gobierno y los obispos parecen hablar lenguajes distintos. En la Iglesia creen, por ejemplo, que la exhortación pontificia de hace dos jueves a los argentinos a “poner el hombro por la Patria” acaba de abrirle a Macri una oportunidad, porque se trata de un concepto idéntico al que el entonces cardenal Bergoglio utilizó para llamar a la unión nacional en la crisis de 2001, lo que equivaldría a decir que se vuelve a estar frente a una recesión heredada, pero esa comparación es poco menos que satánica para los estrategas de Pro.
El otro escollo para el diálogo es más coyuntural y excede al Gobierno: ¿qué sentido tiene una gran mesa nacional de acuerdos en un país cuyas principales organizaciones y partidos se desarman en internas? ¿A cuál de todos los peronismos habría que incluir en la convocatoria? ¿Cómo tomar como realmente representativa a una CGT que tuvo que resignarse a confeccionar un triunvirato de conducción y que, al no tener siquiera el respaldo de todo el espectro sindical, queda siempre a tiro de ser desbordada por sus bases o movimientos sociales?
La economía de Macri demora el despegue más de lo esperado
“Si los elogios se pudieran medir en dólares, ya tendríamos pagada la deuda externa”. La definición pertenece a uno de los hombres más importantes del gobierno. Es que Mauricio Macri y su equipo económico desde la visita de Barack Obama a Buenos Aires, en marzo, no han parado de recibir aplausos de la comunidad financiera internacional, de hipotéticos inversores, de gobiernos y de instituciones como el FMI o el Banco Mundial.
Las ponderaciones en general apuntan a las “reformas” que adoptó el “Presidente Macri” que “han puesto a la Argentina otra vez en la senda correcta”. Sin embargo, a diferencia de los noventa -Menem+De la Rúa- ahora agregan párrafos nuevos y entonces hablan de “preocupación”, de “pobreza”, del “cuadro social”, y lo que es más importante de la importancia del “gradualismo en las reformas”. Y un hecho inédito: hasta aceptan demoras en la implementación de la nueva economía, como prefiriendo esperar un tiempo, poniendo el acento en la importancia de confirmar el “cambio” en las elecciones legislativas del año que viene antes que en aplicar el tan temido “ajuste”.
Todo perfecto para Macri, salvo por un detalle: los brotes verdes que tienen que mostrar que la economía comienza a recuperarse siguen sin aparecer o no se muestran sólidos y sustentables, como el caso del despacho de cemento, que aumentó en agosto y bajó en septiembre. Y esta demora tiene su correlato: cuanto más tiempo se demore la que se cree segura recomposición de la economía, mas gradualismo habrá que aplicar y, por lo tanto, más aumentará el gasto, el déficit y la deuda para financiar la rueda. En esta lógica hoy está atrapado el Presidente y su gabinete.
… La discusión entre “ajustadores”, entre los que se ubican los creadores del tarifazo y del “segundo semestre” Quintana y Lopetegui y Federico Sturzenegger (cae en esta categoría por su única obsesión de matar la inflación sin advertir que existe una recesión) y los “gradualistas”, como Prat Gay y Rogelio Frigerio parece haber sido saldada en favor de estos últimos.
El tema no es menor y volverá en cualquier momento: muchos creen que el primer impulsor de las fuertes medidas del primer semestre no fue otro que el propio Presidente.