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Pronto los productores de manzanas podrían contar con un aliado inesperado —y diminuto— en su lucha contra las enfermedades que afectan al cultivo: un compuesto derivado de microorganismos antiguos que prosperan en entornos extremos. Investigadores de la Universidad Estatal de Washington (WSU, por sus siglas en inglés) han llevado este innovador compuesto antimicrobiano a ensayos en campo, marcando un paso clave hacia una nueva herramienta para el control de enfermedades y la inocuidad alimentaria. La solución, respaldada financieramente por la Washington Tree Fruit Research Commission, ya se está aplicando en manzanos comerciales cuya fruta se destinará al mercado.

El desarrollo se fundamenta en décadas de investigación sobre las arqueas, microorganismos conocidos por su capacidad para generar compuestos altamente estables bajo condiciones ambientales extremas. Debido a esta notable estabilidad, el equipo científico exploró su potencial para enfrentar un problema crítico en la agricultura moderna: el aumento de la resistencia a los antibióticos convencionales. Es importante destacar que el producto evaluado no consiste en un organismo vivo, sino en un derivado sintético diseñado específicamente para facilitar su producción a gran escala.

Aunque el foco principal de la investigación está orientado a combatir el fuego bacteriano, una de las afecciones más complejas del sector, el proyecto decidió expandir sus horizontes para abordar también la contaminación por *Listeria*. Este enfoque integral abre la posibilidad de que el compuesto no solo proteja los huertos en su etapa productiva, sino que también actúe de manera efectiva en la postcosecha. De este modo, se busca neutralizar los riesgos biológicos dentro de los ambientes de embalaje, donde la persistencia de bacterias suele comprometer seriamente la inocuidad del producto.

La inclusión de la Listeria en el estudio responde a un desafío económico de proporciones masivas, dado que esta bacteria genera pérdidas de aproximadamente 4.000 millones de dólares anuales solo en los Estados Unidos, acumulando cerca de 1.500 casos de la enfermedad por año. Karin Biggs, asociada de licencias tecnológicas en WSU, precisó que el Departamento de Agricultura de dicho país (USDA) estima un costo aproximado de 2,5 millones de dólares por cada caso individual registrado. Biggs enfatizó además que esta problemática no solo repercute en la salud pública, sino que destruye la reputación y las finanzas de los agricultores, quienes arriesgan perder la totalidad de sus cosechas ante un eventual retiro de producto del mercado.

Por su parte, la investigadora principal del proyecto, Cynthia Haseltine, confirmó que las actuales pruebas en campo están diseñadas para generar datos valiosos a lo largo de las próximas dos temporadas agrícolas. De acuerdo con las estimaciones de la experta, los primeros resultados concluyentes respecto a la efectividad del tratamiento se esperan en un plazo de 12 a 18 meses. Esta etapa inicial de experimentación directa en el entorno agrícola resulta crucial para validar la eficacia del compuesto y determinar los mecanismos idóneos para su escalabilidad comercial.

Finalmente, los esfuerzos del equipo de la WSU se concentrarán en resolver la logística de su implementación real y su estabilidad dentro del huerto. Esto implica evaluar meticulosamente cómo reacciona el derivado sintético ante factores ambientales críticos como las fluctuaciones de temperatura, la exposición prolongada a la radiación ultravioleta (UV) y los requisitos específicos de almacenamiento. El objetivo definitivo es perfeccionar una formulación comercial práctica y accesible que los productores puedan incorporar de manera sencilla en sus esquemas de manejo habituales.

Autor: admin