Redondita Limón / Montevideo, Uruguay

Redondita Limón / Montevideo, Uruguay

 

Inconcluso
(Jueves 17 de Noviembre)
Hoy es la primera vez que te veo; y no me refiero a aquella tarde calurosa de junio, donde la
calidez del sol se hacía presente en el supuesto otoño.

Hoy es la primera vez que te veo, pero que te veo con otros ojos. Es la primera vez que me bajo
del ómnibus y no estás esperándome en la parada ni tampoco voy directo a tu casa. No me
reconozco. Me pongo a caminar, a tomar aire fresco (no tengo apuro en verte). El viento me
golpea el cuerpo, me despeina pero no me quita los nervios ni se lleva los pensamientos que
invaden mi cabeza.

Es un jueves de noviembre donde el frío dice presente en el verano, tan extraño, después de
tantos días de calor, de cielo despejado.

Me dirijo hacia tu casa y esta vez no sos vos quien me acompaña, tampoco lo es una sonrisa
sino un nudo en la garganta, en el pecho, en el estómago y una horrenda seriedad.

Tan raro, después de tanto días de sol, de cielo despejado.

Hoy es el primer día que te veo, que tratas de hablar y mis contestaciones son monosilábicas.
Caminamos. Llegamos. Nos vamos. Volvemos de ahí y el silencio es demandante. Se apodera
del espacio, te aleja mientras caminamos Avenida Rivera juntos.

Siento el frío en tus manos, en tu piel, sin embargo, no te he tocado. Te siento distante, ajeno a
mi. Son como puñaladas (me golpean más que el viento que sí me rozó).

Estando en tu apartamento sólo hablamos con la mirada, de repente, se cuelan forzosamente
unas tres o cuatro palabras.

No es lo que esperaba pero sí lo que quería (con respecto a aquello, ¿sabes?). Estás enojado,
esto tampoco es lo que esperaba y tampoco es lo que quería. Pero vos, ¿qué querías
realmente?.

Me miras fijo, me miro en tus ojos y no logro entender qué pasa. Tomo agua.

“— ¿Estás enojado?. Tenía miedo”.

Me seguís mirando de la misma manera tajante. Agarro mis cosas, doy un portazo y me voy.
Bajo corriendo las escaleras. Me siento bien pero no te entiendo, ¿por qué estás así?. Espero
en la puerta del edificio, ya sé que si o si vas a venir.

Llegas a tu tiempo como castigo para la nena rebelde y caprichosa (te conozco pero al parecer,
vos no a mi, porque me castiga más tu frialdad a que demores en abrirme el portón).

Salgo. Cerrás. Te vas.

— ¿No me vas a despedir? – te dije volteando la cabeza al notar que no me seguías (te veía la
espalda).

— No.

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