DATA NACIONAL

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Claudio Fantini hace una análisis de la realidad nacional a través de tres caminos: Macri, Cristina y el Indio. En las antípodas de las palabras y poses que irradian trascendencia, el discurso de Macri ha sido siempre intrascendente. El mesianismo es lo que separa a Cristina y al Indio Solari de Mauricio Macri

¿Qué tienen en común Mauricio Macri, Cristina Fernández y el Indio Solari? Los tres son millonarios. ¿Y qué tienen en común la expresidenta y el talentoso rockero, que los diferencia del Presidente?

Sus seguidores responderán: “la ideología”. Pero eso es improbable. ¿Por qué? Por ser una respuesta dada desde una fe, una necesidad de creer. Lo seguro es lo comprobable. Y lo comprobable es que Cristina y el Indio tienen en común el mesianismo.

Los dos son mesiánicos. Se ponen por encima de sus respectivas labores, para mostrarse como guías esclarecidos. Líderes sacerdotales que conducen liturgias multitudinarias.

Allí está, precisamente, otra similitud: sus respectivas feligresías los idolatran al punto de que deja de importarles la contradicción entre la supuesta ideología que predican y las inmensas fortunas que acumulan.

Tampoco les importa si esas fortunas se hicieron a costa de ellos mismos: Solari, ahorrando de manera codiciosa y peligrosa en todo lo que daría mejores servicios y mayor seguridad al público de sus conciertos. Y Cristina, con el probable uso de fondos públicos para abarrotar arcas propias.

Nada de eso importa a sus adoradores. Del mismo modo que a los ultra católicos no les importa la pederastia que gangrena a la Iglesia desde siempre, al amparo de las estructuras y sus reglamentos. La necesidad de creer y de idolatrar es más fuerte que la evidencia.

El grueso de los fanáticos del ex-Redonditos de Ricota y de La Pasionaria coqueta que gobernó el país aborrecen a los ricos pero hacen una extraña excepción con sus líderes.

Tal vez haya otra cosa común en ambos casos: un ego desorbitado que al Indio lo hace confundir su gran talento musical con la infalibilidad en otros terrenos. Y a Cristina parece hacerle creer que, verdaderamente, su fortuna se debe a que fue una “abogada exitosa”.

El mesianismo es lo que separa a Cristina y al Indio Solari de Mauricio Macri. Si algo no se le puede reprochar al Presidente, es tener un discurso mesiánico y posar de profeta iluminado por la historia.

Al contrario, en las antípodas de las palabras y poses que irradian trascendencia, el discurso de Macri ha sido siempre intrascendente. Lo que dice y cómo lo dice conforman mensajes vaporosos.

Habla para el olvido porque su discurso es siempre insustancial. Sin embargo, este rasgo de medianía es preferible a los delirios mesiánicos que siempre tienen éxito en un país que adora la palabra “mística”.

Una palabra sobrevaluada desde el primer peronismo, que la importó de la Europa plagada de mesianismos totalitarios. Y aún mantiene en Argentina la pasión por los rituales y las creencias en los liderazgos proféticos.

En eso, lejos de las misas ricoteras y de los fans de “Cristina eterna”, está la flácida militancia del PRO, que canta y baila entre globos amarillos, aplaudiendo discursos sin contenido. Pero no son mejores los que todavía ovacionan las emociones impostadas y los énfasis estudiados de quienes vociferan en tribunas como si de verdad creyeran lo que dicen.

La insustancialidad de Macri –sólo superada por el vacío insoportable de los razonamientos de Daniel Scioli– es un avance si se la compara con el mesianismo y la mística de Cristina y sus seguidores. Macri no se inventó un pasado ni trabajó para derrocar a su antecesora.

Está claro, en cambio, que el kirchnerismo quiere derribarlo. No porque lo diga el oficialismo, sino porque lo dicen los propios referentes kirchneristas. A las huelgas y piquetes las alimenta la desesperación de Cristina por derribar a Macri, para recuperar el control de la Justicia y cortar los procesos por corrupción que la acorralan. Pero también las alimenta un Gobierno que muestra una inmensa ineptitud para detener la inflación.

Macri anuncia que no habrá cambios en el gabinete, tras haber sacado a un economista capaz, como Alfonso Prat Gay, y al único CEO verdaderamente eficiente que tenía su gobierno: Isela Constantini.

Las huelgas y piquetes no tienen que ver sólo con el confesado golpismo de los cristinistas. También tienen que ver con la continuidad de funcionarios como Miguel Braun, el secretario de Comercio que mira impávido un crecimiento de precios que es tan injustificado como sideral y despiadado.

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